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Algunas religiones piden a sus creyentes que para entrar en el templo se quiten el calzado: es una señal de recogimiento. El silencio del espíritu es ya una oración...
En el templo católico entramos calzados; pero nuestra actitud interior debiera ser como si entráramos descalzos y en puntas de pie.
Allí, en un lugar recogido del templo, en silencio, Alguien espera nuestra visita, que detengamos por un momento nuestra curiosidad artística y le dediquemos unos instantes; que entablemos un diálogo, una breve oración... Es la presencia de Jesús resucitado bajo las apariencias de pan. Espera un saludo.
Para el cristiano, y para el turista en general, visitar un templo no es sólo un momento cultural. Es participar de la religiosidad de un pueblo y de un momento histórico. Visitar la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, además de adorar a Jesús en la eucaristía, es volver al tiempo de la colonización de América. Es participar del empuje evangelizador del pueblo español y, en especial, de los franciscanos recoletos que construyeron este convento; es adherirse a las devociones que transmitieron a los pobladores del Nuevo mundo: cuando admiramos su arte admiramos también su abnegación, su profunda fe, que imprimía a sus obras el sello de las obras de Dios.
Ahora sí, entremos en puntas de pie, como si camináramos descalzos para que nuestro espíritu se eleve junto con el genio creador y artístico de quienes construyeron y oraron en este templo. Y con el salmista exclamemos jubilosos: "Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!"
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